Después de la tormenta llega la calma, así reza el viejo refrán. Pero en Quintana Roo, al parecer, la calma tiene otros planes y nadie sabe cuándo regresará.
Primero fue el sargazo, que este año decidió adelantarse y volvió a poner contra las cuerdas al gobierno estatal y a los municipios costeros. La macroalga no solo cubrió las playas; también dejó una estela de afectaciones económicas: menor afluencia de turistas nacionales e internacionales, cierre de establecimientos comerciales y una disminución en la recaudación de municipios como Playa del Carmen.
Como si eso fuera poco, el conflicto entre Estados Unidos y Medio Oriente terminó golpeando, aunque parezca lejano, al Caribe mexicano. La reducción de vuelos, provocada por el incremento en los costos y las restricciones de seguridad, terminó por enfriar aún más la llegada de visitantes.
Y cuando parecía que el panorama no podía complicarse más, Tulum se convirtió en la nueva papa caliente del gobierno estatal. La visita apresurada de la presidenta Claudia Sheinbaum dejó claro que el problema rebasó el ámbito municipal. La incapacidad del alcalde Diego Castañón para contener la crisis obligó a que, desde el centro del país, se tomaran las riendas de una situación que ya agitaba, de por sí, las turbulentas aguas políticas de Quintana Roo.
Por si hiciera falta otro ingrediente para el caos, la sucesión de 2027 arrancó mucho antes de tiempo. Aunque todavía faltan meses para que legalmente inicie el proceso, en los hechos la competencia por la gubernatura, los once ayuntamientos y el Congreso local ya comenzó. Y comenzó con más codazos que abrazos.
Rafael Marín aprovechó su condición de exfuncionario para recorrer el estado en encuentros “entre amigos”. La reacción de sus adversarios fue inmediata. Bastaron unos cuantos días para que aparecieran campañas negras intentando vincularlo con el presunto contrabando de combustible, el llamado huachicol fiscal. Señalamientos que el aspirante, cercano al expresidente Andrés Manuel López Obrador, rechazó de inmediato.

Mientras tanto, los quintanarroenses seguimos viendo bardas pintadas con un puño Burgundy promoviendo el nombre de Gino. El senador con licencia insiste en deslindarse de esa propaganda, incluso ante las autoridades electorales. Pero las bardas, tercas como la política, siguen apareciendo.


En el caso de Ana Paty Peralta, poco cambia el escenario. Todo indica que será la pieza sacrificable del tablero. Sus eventos públicos distan mucho de convertirse en demostraciones de fuerza; por el contrario, en más de una ocasión el esfuerzo parece concentrarse en retirar sillas vacías antes de que comiencen los discursos.

El descaro con el que algunos aspirantes adelantaron la carrera provocó que Citlalli Hernández, responsable de la comisión electoral de Morena, convocara a las y los interesados para leerles la cartilla. Lo curioso fue una ausencia que llamó la atención: la de Johana Acosta, dirigente estatal del partido. ¿Falta de liderazgo o un simple olvido de agenda?
Todo esto merece revisarse con seriedad, especialmente desde el ángulo económico.
Porque las precampañas que oficialmente no existen cuestan, y cuestan mucho. Alguien paga recorridos, eventos, desayunos, comidas, vehículos, logística, brigadas y promoción. Difícilmente ese dinero sale de los bolsillos de quienes hoy recorren el estado con un entusiasmo casi altruista.
No se necesitan muchos dedos de frente para imaginar quién está financiando este capricho pre, pre, pre… electoral.
Nos vamos leyendo.


