“Tengo la edad de Cristo”, así solemos decir cuando cumplimos 33 años. Es una comparación un poco pretensiosa, desde mi punto de vista, pero finalmente es una frase popular que todo mundo entiende y no requiere mayor explicación.
Previo a la celebración del trigésimo tercer aniversario de Playa del Carmen como municipio, la propia presidenta municipal, Estefanía Mercado, recurrió a esa expresión cuando le preguntaron cómo llegaba la ciudad a este aniversario. “La edad de Cristo”, respondió con naturalidad.
Y quizá, sin proponérselo, dejó sobre la mesa una reflexión que vale la pena desarrollar.
¿Qué significa realmente llegar a los 33 años?
El escritor italiano Giovanni Papini, en su extraordinaria Historia de Cristo, desarrolla una idea profundamente poderosa: antes de esa edad, el ser humano apenas es un esbozo de sí mismo, una aproximación de lo que está llamado a ser.
La verdadera vida comienza cuando los sueños dejan de ser promesas y se convierten en responsabilidades. Y yo pienso que lo mismo ocurre con las ciudades.
Treinta y tres años después de haber conquistado su autonomía, Playa del Carmen ya no puede verse como un municipio joven que apenas comienza a descubrir su destino. La infancia quedó atrás. También la adolescencia. Hoy entra, simbólicamente, en la edad de la madurez.
Cargando su propia Cruz
En la tradición cristiana se suele asociar los 33 años con la crucifixión de Jesús. Sin embargo, esa imagen bíblica se identifica con el episodio del sufrimiento, y olvida lo verdaderamente importante: los 33 no fueron el final de su historia, sino el comienzo de su trascendencia.
Fue el momento en que su mensaje dejó de pertenecer únicamente a un hombre para convertirse en una transformación que cambió la historia.
Toda proporción guardada, y no como elemento de devoción, Playa del Carmen enfrenta hoy un desafío semejante.
Durante poco más de tres décadas pasó de ser un pequeño poblado frente al Caribe para convertirse en uno de los motores turísticos más importantes de México y de América Latina. Millones de visitantes llegan cada año atraídos por un lugar que hace apenas unas décadas ni siquiera figuraba en los mapas internacionales.
Pero crecer nunca ha sido lo mismo que madurar. La madurez obliga a responder preguntas que ya no pueden mantenerse bajo llave.
¿Cómo crecer sin perder identidad?
¿Cómo conservar el éxito turístico sin sacrificar la calidad de vida de quienes aquí viven?
¿Cómo resolver la movilidad, el acceso a la vivienda, la seguridad, el abastecimiento de agua, de electricidad y el desarrollo urbano antes de que el crecimiento termine por rebasar a la propia ciudad?
En el Evangelio hay una frase sencilla y poderosa: “Por sus frutos los conoceréis”.
Quizá también las ciudades deban medirse por sus frutos.
Los de Playa del Carmen son evidentes: prosperidad, diversidad, inversión, dinamismo económico, tolerancia étnica, pluralidad cultural y una extraordinaria capacidad para atraer talento y oportunidades.
Pero también existen otros frutos que no pueden ignorarse: el crecimiento desordenado (les recuerdo a nuestros amigos políticos que tienen serios pendientes con el PDU), la presión sobre los servicios públicos, la desigualdad, la inseguridad y los desafíos ambientales que acompañan a toda ciudad que crece con la velocidad con la que lo ha hecho Playa del Carmen.
Llegar a los 33 años significa aceptar ambas realidades.
Ni el triunfalismo ingenuo ni el pesimismo permanente ayudan a construir futuro.
Papini describe a un Cristo que nunca se conformó con administrar la realidad; vino a transformarla. Esa quizá sea la enseñanza más vigente que deja la metáfora de la “edad de Cristo”. No se trata de contemplar el pasado con nostalgia, sino de asumir el compromiso de cambiar aquello que todavía puede ser mejor.
En ese sentido, este aniversario representa mucho más que una fecha en el calendario.
Representa una línea fronteriza. Una oportunidad para entender que la juventud ya no puede seguir utilizándose como excusa. Que Playa del Carmen dejó de ser una promesa para convertirse en una responsabilidad compartida entre autoridades y ciudadanos.
La administración de Estefanía Mercado gobierna una ciudad que ya alcanzó la mayoría de edad política. Una ciudad vigorosa, dinámica y llena de oportunidades, pero también una ciudad que exige decisiones con visión de largo plazo.
Porque los próximos 33 años comenzarán a escribirse desde ahora.
Y quizá esa sea la verdadera lección que encierra la expresión que tantas veces repetimos sin detenernos a pensar en ella.
La edad de Cristo nunca significó el final. Significó el momento en que una vida encontró plenamente su sentido.
Ojalá que Playa del Carmen, al cumplir sus primeros 33 años, también encuentre el suyo.
Bajo el mangle
Vaya mensaje erróneo mandó la gobernadora Mara Lezama al no asistir al aniversario 33 de Playa del Carmen; y en su lugar enviar a Cristina Torres, quien añora tanto Playa del Carmen que quiere regresar a gobernarlo.

Y aunque oficialmente se dijo que la gober estaba en CDMX en reunión de altos vuelos, al menos hubiera grabado un breve video para no aparecer como la desaparecida. Hoy la tecnología la resuelve casi todo, en fin, aniversarios vemos, desaires no sabemos.
Nos vamos leyendo


