¿Y qué nos va a tocar?

La derrota de Rafael Marín en su interés por ser el próximo gobernador de Quintana Roo no parece haber sido problema para él; pero al parecer sí lo fue para los que lo apoyaron en el proceso.

El morenista asumió su fracaso con dignidad, el conflicto postelectoral vino minutos después con los que confunden el triunfo de un proyecto con el reparto de un botín.

La historia ocurrió así: posterior a la reunión en la que Morena cerró el expediente de Quintana Roo, Ariadna Montiel, líder nacional de Morena, y Citlalli Hernández, encargada del comité de elecciones del partido guinda, encabezaron el encuentro con los cuatro perfiles que habían llegado hasta el final del proceso: Marybel Villegas, Rafael Marín, Ana Paty Peralta y Eugenio “Gino” Segura.

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El cónclave morenista consistió en mostrarles los resultados de las encuestas, los números, los resultados y finalmente la decisión.

Gino, en primer lugar. Ana Paty detrás, y Rafa con la medalla de bronce.

Hasta aquí todo iba marchando sobre ruedas y según lo planeado. O eso parecía.

Rafa Marín, hay que destacarlo, salió del proceso y públicamente reconoció el resultado, dijo respetar a su partido y aseguró no tener objeción. Incluso soltó aquello de que se iba “a su casa”.

No se le escuchó decir esa frase muy de los políticos de su generación de: “Ya que no me dieron la candidatura, mínimo denme una subsecretaría”.

El propio Rafa entendió que en una encuesta se gana o se pierde, pero algunos de quienes lo acompañaron en sus recorridos por el estado y le juraron acompañamiento “incondicional”, al final sacaron el cobre y confundieron un proceso interno con reglas claras desde el principio, con una tómbola.

Y rápidos y furiosos se acercaron al ganador de las encuestas para exigirle un trozo de pastel. “¿Y qué nos va a tocar?”, le preguntaron al senador con licencia; vaya cinismo. Exigiendo espacios, concesiones, puestos, nómina… ¿Y aun así presumen ser diferentes?

En el caso de Rafa Marín el mejor favor que algunos de esos “amigos” pudieron hacerle fue perder con él. Porque si hubieran ganado, la pregunta habría sido exactamente la misma, solo que ahora no se la estarían haciendo a Gino.

Esas rémoras del sistema ven a la política como una cooperativa de favores: si te acompañé, me debes; si te apoyé, me debes; si caminé contigo, me debes; si te levanté la mano, me debes.

Y si ganaste… pues me debes aún más.

Este es el claro ejemplo de los políticos que sobreviven a sus propios jefes. Esos que no necesariamente ayudan a ganar, pero son puntuales para cobrar hasta la última factura del restaurante.

Habrá que reconocerle a Rafael Marín algo que pocas veces se ve en los procesos electorales: saber perder.

Nos vamos leyendo.

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