“Tulum está sostenido con pinzas y al borde del colapso”.
Eso me soltó uno de mis mejores amigos de la secundaria el fin de semana mientras escuchábamos trovadores en vivo en el municipio más aspiracional de Quintana Roo.
Mi amigo sabe lo mucho que disfruto ese género musical, así que la tarde prometía nostalgia, guitarras y canciones para acompañar el mezcal. Pero bastaron unos cuantos minutos de conversación para que Fernando Delgadillo pasara a segundo plano y apareciera el verdadero tema de la velada: el caos silencioso que empieza a respirarse en Tulum.
Me acomodé en la silla y lo miré con sorpresa, aunque más bien creo que fue con esa mezcla rara de tristeza y frustración que provoca ver cómo un municipio que parecía destinado a convertirse en joya internacional hoy empieza a sentirse rebasado por sí mismo.
Todo gracias a un gobierno municipal que, según cuentan allá mismo, ya no sabe bien cómo apagar tantos incendios al mismo tiempo.
Diego Castañón, a quien le dicen el Hijo Incómodo, no encuentra cómo salir del problemón. Y en los pasillos políticos de Tulum ya hasta cuentan los días para que aparezca el relevo: Kike Vázquez.

Uy, perdón… ¿eso lo pensé o lo escribí?
Luego les contaré esa historia porque tiene más fondo del que parece y, según dicen los que juran saberlo todo, pasa inevitablemente por las curules de San Lázaro y por la mano del diputado Ricardo Monreal, que, por lo visto, le agarró gusto político a los cenotes de esta tierra.
Por eso, la frase de mi amigo no se me salió de la cabeza en todo el regreso: “Tulum está sostenido con pinzas”.
Y lo peor es que quizá tenga razón.
El diputado vitalicio

Hablando de política y de cosas difíciles de creer, les tengo un secreto sacado de una sobremesa chetumaleña.
¿Se acuerdan del Congreso Constituyente? Para los más jóvenes, fue la primera legislatura instalada en Quintana Roo allá por 1974, cuando el estado apenas comenzaba a caminar solo. Aquellos diputados duraron tan poco en funciones que prácticamente llegaron, se sentaron y se fueron. La Constitución ya venía planchadita desde el entonces Distrito Federal y ni tiempo tuvieron de moverle una coma.
De los siete diputados constituyentes, la mayoría ya falleció. Solamente sobreviven Sebastián Estrella Pool y Pedro Joaquín Coldwell.
Pero aquí viene lo verdaderamente interesante.
Me cuentan que don Sebastián Estrella Pool sigue cobrando su quincena legislativa desde 1974.
Sí, desde 1974.
Prácticamente un diputado vitalicio tropicalizado al estilo Quintana Roo.
Y ojo, porque, según me comentan, Pedro Joaquín Coldwell decidió hace tiempo renunciar a esa prerrogativa bajo una lógica bastante sencilla: “Si ya no soy diputado, no tengo por qué cobrar como diputado”.
Suena razonable, ¿no?
Échenle un ojo a la nómina legislativa, porque a veces los verdaderos relatos de realismo mágico mexicano no están en las novelas, sino en las cuentas públicas.
La Ley Brahms, castigada y en modo abstemio

Mi visita a Chetumal, por cierto, fue bastante productiva. Como siempre, terminé atrapado varias horas en la mesa de dominó con mis amigos, esos mismos que son capaces de arreglar el país entre ficha y ficha mientras ahorcan mulas de seis.
Y justo ahí volvió a aparecer un tema que lleva años congelado: la famosa Ley Brahms.
Sí, esa iniciativa que busca castigar con cárcel a quien conduzca en estado de ebriedad y que ha pasado tanto tiempo guardada en los cajones legislativos que ya parece pieza de museo.
Mientras el juego seguía, saqué el celular para revisar el Programa Integral de Seguridad Vial del Estado de Quintana Roo 2022-2027. Y encontré una frase que retrata bastante bien el problema:
“…existe un incremento progresivo a partir de 2023; la persistencia de registros con aliento alcohólico durante el periodo analizado muestra una problemática significativa en la entidad, sumado a la gran cantidad de registros donde se ignora esta condición”.
Traducido del lenguaje burocrático al español: el problema sigue creciendo y nadie termina de meterle mano.
Porque mientras los documentos oficiales hablan de coordinación institucional, prevención y estrategias integrales, las realidades siguen ocurriendo cada fin de semana sobre el pavimento.
Las buenas intenciones de los documentos y de sus escribanos terminan rebasadas por la realidad.
Y mientras eso pasa, la Ley Brahms sigue atorada. Congelada. Empolvada.
A ver si un día ya le quitan el castigo legislativo y la publican, que es prácticamente lo único que falta para su entrada en vigor.
¡Salud!
Castigados y sin recreo

Conocí al hoy secretario de Educación Pública, Mario Delgado, cuando era diputado federal de Morena, justo en aquellos tiempos raros y tensos de la pandemia.
Controlaba el movimiento legislativo y también buena parte de la operación administrativa en San Lázaro. Eso lo volvía prácticamente intocable. Que alguien le levantara la voz o le corrigiera una plana parecía imposible.
Pero ya saben cómo es la política mexicana: a todos los pavos les llega su Navidad.
Y vaya jalón de orejas que le acomodaron desde Palacio Nacional por andar acelerando fechas y tomando decisiones antes de tiempo.
Lo más interesante no fue el regaño. Fue verlo recular.
Porque en política el verdadero termómetro del poder no está en quién presume autoridad, sino en quién termina corrigiendo públicamente después de una llamada incómoda.
Ahí aparecieron las y los secretarios estatales de Educación Pública, alineados, serios, con cara de alumnos castigados después de reprobar el examen final.
Y entonces vino la frase de Mario:
“Sabemos escuchar y sabemos rectificar. Nunca decidir a espaldas del territorio y nunca tomar decisiones desde el aislamiento del escritorio”.
Bonita frase. Aunque lo primero que debió reconocer es algo mucho más sencillo: nos equivocamos.
Porque una cosa es mandar en San Lázaro… y otra muy distinta equivocarse frente a Palacio Nacional.
Nos vamos leyendo.


