Como consejera electoral del Instituto Electoral de Quintana Roo, hoy me detengo a reflexionar sobre un acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia democrática de nuestro país: el reconocimiento del derecho al voto de las mujeres mexicanas.
Han pasado 73 años desde aquel 17 de octubre de 1953, cuando se reformó el artículo 34 constitucional y se reconoció a las mujeres como ciudadanas plenas, con el derecho de votar.
Este aniversario no es sólo una fecha conmemorativa; es un recordatorio de la construcción histórica de las mujeres en la consolidación de su derecho al sufragio.
Las mujeres que abrieron camino enfrentaron obstáculos similares a los que aún hoy persisten: discriminación, invisibilización y resistencia a reconocer nuestra capacidad de incidir en la vida pública. Ellas tuvieron el coraje de señalar las injusticias y de dar la cara, incluso poniendo en riesgo su integridad física.
La historia nos muestra que desde el México independiente hubo voces femeninas que exigieron trato de ciudadanas.
En el siglo XIX, publicaciones como Violetas del Anáhuac y cartas como la de Rafaela Varela a Porfirio Díaz reclamaban el derecho al sufragio.
En Yucatán, los Congresos Feministas de 1916 concluyeron que la mujer era tan capaz como el hombre de ocupar cargos públicos. De ahí surgieron figuras pioneras como Rosa Torres, Elvia Carrillo Puerto, Beatriz Peniche y Raquel Dzib Cicero, quienes se atrevieron a ocupar espacios políticos en un contexto adverso.
Más adelante, la promesa presidencial del voto de la mujer de Lázaro Cárdenas en 1937 que nunca se publicó y la iniciativa de Miguel Alemán en 1946 fueron pasos importantes, aunque insuficientes.
El verdadero parteaguas llegó en octubre de 1953, cuando Adolfo Ruiz Cortines promulgó la reforma que nos reconoció como ciudadanas. Ese día, estoy segura de que las mujeres mexicanas celebraron con alegría y esperanza, conscientes de que se abría una nueva etapa en la vida democrática del país.
Sin embargo, el derecho a votar fue solo el inicio. No bastaba con acudir a las urnas: también debíamos ser votadas, ocupar espacios de decisión y transformar las estructuras políticas.
Desde entonces, la lucha ha continuado para alcanzar la paridad sustantiva y garantizar que nuestra voz se escuche en todos los niveles de gobierno.
Hoy, como consejera electoral, reconozco y valoro a las mujeres que, desde su condición indígena, desde una organización de mujeres (como Mujeres en Plural)o desde la academia, se negaron a ser invisibilizadas.
Aplaudo a quienes cuestionaron las cuotas desiguales y defendieron la paridad como un principio de justicia. Porque si somos la mitad de la población, también debemos ser la mitad en los espacios de representación.
Este día nos invita a celebrar, pero también a comprometernos. El derecho al voto de las mujeres no fue un regalo, fue una conquista. Fue fruto de décadas de lucha, de voces que se negaron a callar y de generaciones que soñaron con un México más justo e incluyente.
Hoy, nuestra responsabilidad es doble: honrar ese legado y ejercerlo con convicción. Cada vez que acudimos a las urnas, reafirmamos nuestra ciudadanía y defendemos la democracia.
Cada vez que una mujer ocupa un cargo público, se materializa el sueño de aquellas que lucharon por abrirnos camino.
Por eso, en este aniversario, convoco a todas y todos a valorar el voto como la herramienta más poderosa de transformación.
Que ninguna mujer dude de la importancia de su participación, que ninguna ciudadana sienta que su voz es irrelevante. El futuro de Quintana Roo se construye con tu decisión y con tu voto.


