Confianza, compañerismo, trabajo en equipo, anclaje, sentido de pertenencia, identidad, unión y amor, son algunas de las enseñanzas que la Travesía Sagrada Maya ha dejado en canoeras y canoeros, quienes han participado en la peregrinación ancestral para honrar a la diosa Ixchel, cruzando el mar de Xcaret a Cozumel, tradición retomada desde hace 17 años.
Hoy, como parte del anuncio del evento, a realizarse el 16 y 17 de mayo, Rolando, Elizabeth, Christian, Daniel y Carlos, compartieron cómo ha sido su experiencia en cada brazada, la demanda de un esfuerzo físico elevado, el aprendizaje compartido y la transformación personal y lo que les ha dejado “remar en familia”, la elegida y la de sangre.
Teniendo por moderador a Mauricio Kuri, director de comunicación del Grupo Xcaret, el primero en abrir la conversación fue Rolando Melgarejo, que de ocho travesías ha hecho siete, como timonel.
En principio, participar representó para él un reto personal, que evolucionó a una misión grupal, parecida a la de “una familia”, “muy poderosa, con mucha fuerza”, que le ha permitido desarrollar una fuerza interna, espiritual y compartida.
“Y cada vez cobra más sentido aquello de que ‘si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”, subrayó.
Para Elizabeth, originaria de Guanajuato y canoera en Cozumel, la Travesía representa un punto de anclaje en su vida.
“Hay momentos en la vida que nosotros tenemos que afianzarnos de algo, algo que nos haga sentir fuertes, no solo espiritualmente, sino físicamente también, mentalmente.
“Tienes de dos opciones: dejas tus problemas en la costa, y te olvidas de ellos por un momento, y das todo lo que tienes, o si decides subir tus problemas a la canoa, los estás subiendo porque los vas a despedazar, los vas a deshacer con cada remada”, expresó, al destacar que al navegar se entra al Xibalba o inframundo de la transformación personal y espiritual.
La joven recordó que anteriormente las mujeres no remaban, pues solo iban a bordo como acompañantes. Hoy, lideran las canoas.

Para Christian, originaria de Mérida, Yucatán, ese liderazgo no se impone, se ejerce desde el servicio.
“El liderazgo es servir. Servir a mi canoa, servir a cada uno de mis canoeros. Corresponder a la confianza que me tienen. Inclusive también ser parte psicóloga, porque cada cabecita tiene sus issues, sus temas, y ver de qué manera ayudarlos a encauzar esos problemas”, subrayó, al señalar que el verdadero desafío no está solo en leer el mar, sino en “timonear nuestros pensamientos”.

Carlos, quien participa desde el 2013 como canoero, también ha traducido su rol como timonel a otros espacios de su vida.
“Parte de ser timonel en algún momento lo traduje a ser papá. Mis decisiones pueden marcar la alegría o la tristeza de alguien. Mi trabajo como timonel es hacerles la travesía lo mejor posible, que no sientan cuando las cosas van mal, pero que disfruten cuando van bien.
“También he aprendido cómo soltar muchas cosas, cómo también soltar las responsabilidades, y hacer que todos participen ayuda a que un grupo funcione mejor, no cargar todo solo, sino también darles tareas al equipo y eso los hace sentir parte del equipo y todos funcionamos muy bien”, señaló, al definir la Travesía como un acto de amor.

La confianza, coincidieron, es el eje central. Rolando la resumió así:
“Estoy totalmente seguro que todos y cada uno de los que van dentro de esa canoa confían en mí, y yo confío igual en ellos, y ellos entre sí.
“Se hace una red de confianza que es muy difícil de echar abajo. En el mar estás en un medio hostil, no es nuestro medio natural, y debemos estar seguros que quien está a tu lado va a hacer todo lo que tenga en su mano para ayudarte si tú lo necesitas”.
La enseñanza colectiva de esta peregrinación y de sus entrenamientos previos también tienen una dimensión familiar.
Daniel, “el profe Caluz”, uno de los timoneles con más tiempo en la Travesía, compartió lo que ha significado remar con sus hijos:
“Ya remé con mis dos hijos. Tengo un hijo especial, él lleva remando conmigo siete años, este sería su octavo año. Mi otro hijo remó dos años nada más”, compartió.
Daniel creció en Isla Mujeres. Aprendió de su familia cómo leer las olas y las corrientes. Hoy, su hijo Dani comparte esa ruta. “A él le gusta, y entonces no hay forma de sacarlo”, dijo.

El viaje en canoa a Cozumel es un homenaje a los antiguos mayas, pero también es una práctica viva. Cada año, los canoeros y canoeras no solo cruzan el mar, pues consideran que cruzan sus propios límites. Lo hacen acompañados, porque ya saben que si quieres llegar lejos, no se llega solo.








