De la historia de quienes arribaron en la tercera ola de migración surge la aventura de hombres y mujeres visionarios que sembraron los primeros modelos de negocios en el municipio. Este es el caso de Ernst Wolfgang Deutsch Aguerrebere, fundador del restaurante La Cueva del Chango.
A partir de hoy, en NewsDay Caribe abrimos una ventana al alma de nuestra región con “Historias de Playa”, un espacio donde cada semana daremos voz a quienes han construido, transformado y dado identidad a este rincón del país. Desde las arenas de Playa del Carmen, Tulum, Cancún, Cozumel, hasta Chetumal, compartiremos conversaciones íntimas con mujeres y hombres cuyas vidas están entrelazadas con el crecimiento y la esencia del Caribe mexicano. Son relatos que nacen frente al mar, cargados de memoria, esfuerzo y pasión, y que hoy queremos preservar como huellas vivas de una tierra que no deja de reinventarse.
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En esta entrega presentamos a Ernst Wolfgang quien llegó a Playa del Carmen para ser un impulsor del proyecto de paisajismo y arquitectura de la calle 38, con sus conocimientos en agronómica.
La calle 38: un legado de vegetación y paisajismo
En el crecimiento de la ciudad, que en su mayoría fue acelerado y algo desorganizado, no todo fue negativo: al trazar las primeras calles de la urbe, los vecinos lograron evitar la devastación de la vegetación de la calle 38, entre Quinta Avenida, para que no se convirtiera en una enorme avenida.
Ernst Wolfgang fue uno de los impulsores del proyecto de paisajismo y arquitectura de la calle 38, que hasta hoy conserva la esencia de lo que propusieron. Ese modelo incluso pudo haber servido de referencia para diseñar el principal corredor turístico —la Quinta Avenida—, ya que privilegiaba la vegetación y respetaba el arbolado, que todavía brinda bastante sombra a la vialidad.

“Nosotros pusimos una parte del recurso para hacerlo y ellos (gobierno) la otra parte”, dijo.
Ernst Wolfgang recordó que en la calle 38, zona totalmente turística, hay tiendas de artesanías; algunas de ellas ocupan inmuebles donde habitó Federico Kantú, escultor, por lo que esa parte de la vialidad fue creada precisamente por los nativos que la habitaban.
Posteriormente llegaron otros empresarios que abrieron negocios, pero se adecuaron al concepto arquitectónico. Algunos inmuebles pueden resultar un poco disonantes, aunque la vegetación —por la que tanto lucharon— los cubre bien, mencionó.

Para esa época comenzó también la apertura de las vías de las colonias Gonzalo Guerrero, Zazil-Há, Luis Donaldo Colosio y la Décima Avenida; esta última fue escenario de cambios muy profundos para sus habitantes.
El cemento contra la naturaleza: una batalla perdida
El giro que tomó Playa del Carmen hacia la inversión de constructores que impusieron más cemento, inmuebles y edificios sin respetar las condiciones del suelo ni procurar la vegetación es, a juicio de Ernst Wolfgang, una forma de ignorancia: se han seguido patrones aprendidos creyendo que eso es el desarrollo.
“Cuando todo empezó a desarrollarse yo decía: ¿por qué tiran todo?, ¿cuál es la necesidad de tumbar si pueden construir de acuerdo a lo que el terreno te dice? Pero el dinero es el que manda”, indicó.

Ernst Wolfgang comentó que fue al llegar a Playa del Carmen, proveniente de la Ciudad de México, cuando comenzó a valorar verdaderamente la vegetación.
“Ahora veo a mucha gente que quiere imponer como si viviera en la CDMX; pierden el contacto con el aire y usan más el aire acondicionado, porque hasta lo dejan encendido en sus coches para que cuando regresen a él después de comprar no esté caliente”, mencionó.
Señaló que es peculiar la visión de muchos ciudadanos que provienen de otros lugares y países: en lugar de adaptarse al entorno, exigen que el entorno se adapte a ellos.

Historia: de ingeniero agrónomo a fundador de La Cueva del Chango
Ernst Wolfgang estudió ingeniería agronómica y trabajaba en un vivero en Cuernavaca, Morelos, cuando decidió migrar al municipio a los 23 años de edad para trabajar como gerente en un hotel propiedad de un amigo de su padre: el Shangri-La Caribe Playa del Carmen.
Indicó que, en aquel entonces, los pocos centros de hospedaje cerraban durante la temporada de huracanes —septiembre y octubre— para realizar mantenimiento.

Cuando Ernst Wolfgang llegó, en 1987, Playa del Carmen contaba con apenas 2,500 habitantes y aún no estaba constituida como municipio; tampoco existían las colonias Luis Donaldo Colosio ni Gonzalo Guerrero.
Vivía a las afueras de Playa, en una vía de terracería que hoy es la calle 38, y la Quinta Avenida era puro monte.

“Yo vivía en el paraíso, en unas cabañitas, y desde donde yo vivía eran dos kilómetros de playa”, aseguró.
Ernst Wolfgang abrió el restaurante La Cueva del Chango porque su padre era propietario del predio. Lo mantuvo durante dos años y luego lo vendió.

Manifestó que siente añoranza y gratitud por haber vivido esos años dorados en Playa, que no volverán.
“Había mucha playa, la vegetación era la duna costera y los cocos”, mencionó.
Al joven mexicano le tocó llegar en diciembre de 1987, y fue en 1988, cuando azotó el huracán Gilberto, que comenzó el amarillamiento de los cocales en las playas.
Recordó que Playa del Carmen contaba entonces con una caseta con dos teléfonos: eso era todo; no existían los celulares.
Mencionó que la duna costera marcaba el ritmo de las estaciones: en invierno el mar avanzaba y consumía arena, mientras que en verano se recogía y dejaba al descubierto una playa de al menos 80 metros. Eso era precisamente lo que atraía a los turistas.
Ernst Wolfgang continuó trabajando en la industria hotelera durante 11 años, sin abandonar su mayor pasión: la jardinería.
“Aquí en la Quinta estaba lleno de orquídeas, se las llevaron”, dijo.
¿Qué es ser playense?
“No sé cómo describirlo… pero hoy en día es una persona que quiere el lugar en donde vive. Hay diferentes perfiles: quienes les gusta el relajo y quienes prefieren la naturaleza”, contestó.
Para Ernst Wolfgang, el crecimiento tan acelerado de la ciudad puede complicar la formación de una identidad playense. Existe, claro, el núcleo de ejidatarios, fundadores, políticos y taxistas, pero la velocidad del desarrollo ha impedido consolidar una sociedad más unida, pues cada grupo persigue sus intereses personales.
“Creo que lo que hace una sociedad fuerte y rica es que en conjunto busquemos el bien común: ¿qué quiero yo del lugar en donde habito?”, aseguró.
Ernst Wolfgang precisó que es vital la participación ciudadana en las decisiones del municipio; quienes no la ejerzan serán simples observadores.
“La ciudadanía tiene que definirse, porque la gente está un poco dispersa y no se da cuenta de lo que está pasando”, concluyó.








